Viene a mis manos este bello libro de
Rocío Expósito, Asombro, cuyo planteamiento se asemeja a la simplicidad de un
paisaje sin formas, que deriva de esa forma métrica tan singular que es el
haiku, aunque el libro no esté estructurado así. Como llega a decir al
comienzo, todo está construido sobre el hecho de que no hubiera nada, que hasta
la luz nos vacía, y todo transcurre en un extrañamiento y sin querer. Quizás como
en versos de Tomás Sánchez Santiago: «la intimidad oscura de los dedales
alejados / del uso», el hecho de este extrañamiento, esta intimidad fructífera
de lo que no sirve para nada, de esa luz que nos vacía. Llama «borde de la
tarde» a eso que está cerca de la noche, a lo más cercano que estamos de la muerte
cuando alude a las avispas que mueren. Esa luz nos deja trazado el día
inútilmente. Estos versos me llevan a las palabras de Chantal Maillard, de «ver
es pensar», esa posibilidad de deshacernos del yo y su aprendizaje, donde surge
un observador que ofrece una mirada desde la que captar la realidad sin
prejuicios[1]. Creo que esto es lo que hace el sujeto poemático
en estos versos, observar la realidad desde sí mismo, incorporar un trazado
donde, lo que se ama, peligra en un momento dado, y es bello. Estamos dentro de
la belleza del mundo, aunque no lo creamos, como dicen los versos de Santiago.
Al observarse a sí mismo, descubre un sentido incompleto con el que reconoce al
ser amado, y el silencio se presenta como «una forma de no estar nunca». Se
incluye el concepto de corazón como un lugar que dejamos morir, por eso somos
amados. Una piel inversa que nos define y donde cambiamos, esa posibilidad de
deshacernos de ese yo y aprenderlo de nuevo.
Expósito
llega a decir que esperar algo de la poesía es «una iniciación al cielo». Una
realidad sin prejuicios como diría Maillard. Entonces descubrimos la belleza y
hay Asombro, el título del libro. Rocío Expósito construye una poética: como en
el verso «siempre mi voz como si fuera suya».

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