jueves, 30 de abril de 2026

La poesía me ha salvado



Seguimos recordando que el yo se fue por otra parte, que cuando más me preguntaba sobre mí mismo, más me llevaba al origen de la poesía; y al cabo de estos años —treinta y uno ya—, he intentado reconocer que, sobre las dudas inmanentes, al estar en el vacío, he perseguido comenzar un verso, e idealizar un espacio igual que Don Quijote denominaba a la venta castillo encantado. Esa sensación de que no llego a ninguna parte y lo que me queda es esperar; esa perplejidad llena de contemplación que me sacia como una pequeña taza de café. La necesidad es estar en el huracán como una premonición, que desde esa utopía disruptiva se construya la realidad. El fenómeno apocalíptico que estudian diferentes estudios sobre la postmodernidad, intercede en la estructura de un poema como mapa primigenio en el que desarrollar un sueño: la plenitud de la vida nunca ha estado en la abundancia, el desarrollo de las formas artísticas ha intentado dibujar una solución a algo inevitable, la vida, y la ha dotado de un espacio de comprensión inherente a sí misma. La estructuración de las cosas posibles, como el significado que le da el profeta a su mensaje, me hace considerar que, de alguna forma, saldremos de ésta como saldremos de otras. ¿El vacío lo llamo sueño? Desarrollar desde esa sensación una minoría, que el equilibrio divergente venga entendido por una de esas etapas inconscientes de la luz, su desarmonía. El sujeto se contempla a sí mismo, pero lo hace en el espejo de la alteridad.[1] Esa desarmonía reajusta los símbolos sobre un camino nuevo, la enfermedad, mientras recordamos que desde esa desorganización renombramos una forma de vida. El hecho de esperar admite un lugar sobre las cosas, y ese castillo encantado se convierte en el símbolo abanderado de la poesía.
La importancia no estriba en salir fortalecido de la postmodernidad, sino de construir un molde para entender esa alteridad. Ya eres otro, ya tu mundo es un lugar irrenunciable para desarrollarte. La poesía es una sensación humana, y su inmanencia la encontramos en un estado de ánimo singular. ¿Cuál es? Posiblemente está en la irrupción de un dualismo entre máscara y espejo, la efervescencia de esa alteridad.

[1] Ana Isabel Méndez Escribano, Identidad, lenguaje y pensamiento en la literatura del siglo XX, p. 20

La inmensa tarea de no hacer nada con las cosas

En esta fehaciente ficción que es encontrarse en el mundo sin importancia para darle un sentido a una manera de estar, es la motivación por este equilibrio inestable en donde todo encuentra su ser. ¿Es esto «una oscura dimensión contra la ferocidad[1]»? La sensación de que la vida está más allá de la abundancia, alejados del «auto[2]», apegados a la trascendencia de lo sencillo, en su sutilidad. Algo útil menciona el momento, eso que no existía cuando el bastón no estaba[3], y que ahora se encuentra ahí, «la entereza que no tiene este poema/ sin apenas vértebras, sin apenas/ alarmas verbales[4].» Quizás la entereza de la vida está en lo invisible. La elocución de un rezo escuchado por la sordera de unos oídos que reciben la revelación del «nosotros[5]». A veces escucha a la madre por primera vez, como si no la hubiese perdido, y en esa estimación del amor en su eterno retorno presiente la pérdida, que cuando niño no toma el impulso que toma a lo lejos, cuando adulto, cuando se sabe inducido a unos nuevos significados sin su presencia. ¿Todo esto es un síntoma para estar enfermo? Si pudiéramos buscar, como ejercicio de recreo, y no con un sentido triste de que no encontraremos nada… La vida deja sus posos en la invisibilidad de un río, que además corre de una manera precisa, y difumina su cuerpo y aparece la derrota de improviso. Aparece el trastorno en un muchacho dulce que escucha: «Tú no tienes el momento, tú no tienes el momento». Hace presencia en una referencia sostenida por amarres rotos, y la psique se ve agotada a la deriva. Viajar a la deriva destruye el espacio, y construye otro nuevo. Lo que el muchacho no conocía de la existencia es un todo universal, y no anda buscando su sostenibilidad, más bien necesita aceptar una aceptación para curarse. Utiliza la narrativa de la vida cotidiana para reordenar los recuerdos; motivarlos será o surgirá de los más recóndito del placer, reconstruir por medio de la imaginación lo que te ha quitado el pasado, una tarea ingente que se convierte en lo más prioritario para el muchacho.

«Qué eficacia / la del amor[6]».

Quizás el amor sea así, quizás constituya una experiencia de espera hacia algo que está por venir, y que el muchacho experimentó cuando sus padres no le dieron de lado en la enfermedad. Eso que está por venir no tiene por qué existir al instante, al menos como el mundo lo propone. Puede ser un cristal traslúcido que memorice una luz sesgada. El espacio destruido se convierte en insustancialidad, de donde nacen nuevas formas de arte. Parece que es el momento de vivir una nueva memoria construida de cristales rotos, una nueva psique elegida de la acción incorrecta. ¿Todo en la cabeza de un enfermo es error? Conocer la trascendencia de la propia felicidad, un muchacho con un trastorno es feliz. Quizás en esta situación extraña para el mundo, lo destruido genera una estrategia de anuncio, «él está aquí, el innombrable, el equivocado, el feliz», y todo porque experimentó el amor de sus padres, que no es otra cosa que el amor a la vida. ¿Es verdad que una elección conlleva una consecuencia? Se trata de constatar que no habría equivocaciones si se conoce el fruto de un aprendizaje. Desde ese silencio que es lo insustancial comunicamos con la vida, imaginación extrema hacia un significado. Lo anunció el instante, en ese centelleo se produce la historia del mundo. Si hablamos de nuevas formas de arte es porque caminamos hacia una oscuridad que nos aclarará las cosas. Idear el modo en que lo inmediato no desaparezca porque lo perenne está viejo, o aprender de esa inmediatez a elegir los errores que demuestran el teorema. Si pudiera pensarse en términos de espera. Puede que el silencio dejara de ser la solución, y el propio silencio sigue estando aquí. ¿Lo olvidamos? ¿Serviría de algo? Actuar por la propia estrategia del anuncio, cuyo proyecto es el desconocimiento. Un smartphone anuncia prácticamente cosas que al instante han sido olvidadas. Imagina que, por un cartel de propaganda, que anuncia un champú en la Gran Avenida de Nueva York, pasan 2035 personas una mañana, y la 1354 es la única que lo mira con la sensación de que podría generar una nueva forma de arte, y regresa a su domicilio y empieza a pintar un cuadro en que su hermana, con un trastorno, se lava el pelo con el champú y sus neurotransmisores vuelven a funcionar correctamente. ¿El arte se anticipa a la realidad? Lo mejor viene después. El pintor deja el cuadro en su Galería de confianza, generando un diálogo inusitado cuando es expuesto. «Aquella música que nunca / acepta su armonía es armonía[7]», como diría el poeta, y de esa lucha con sus propios ídolos nace esa armonía[8]. Podríamos deducir que el pintor extrajo de ese vistazo algo que le sirvió. No aceptar la idiosincrasia de la enfermedad, para anticipar un diálogo que ha tenido muchas veces con su hermana. El diálogo surge de la imperfección: su hermana llama imperfecta a esa manera que tiene de entender el arte. Él le había enseñado el cuadro, y con la imperfección de sus conocimientos su hermana le vaticinó un éxito sustancial. Es preciso entender que todo se produce en la continuidad de la vida. Desde que el muchacho generó un nuevo destino al contemplar la imagen del champú, podríamos decir que hubo interacción con lo que el cartel buscaba.

En la interioridad existe el vocablo, el anuncio, la forma en la que el mundo se llama así mismo. ¿El mundo está lleno de profetas? Jean-Luc Nancy argumenta que el mundo no hace caso a sus profetas, que estamos acostumbrados al aquí y al ahora y todo se ha ido al garete[9]. El muchacho con un trastorno se vio afectado por lo que le decía su terapeuta, y ya no le sirvió. Ya no encontramos una esperanza en el futuro, porque entendemos que el futuro que nos espera carece de realidad. Pero vuelve a esos versos de Aníbal Núñez: «Aquella música que nunca / acepta su armonía es armonía», es decir, se podría pensar que estamos en el tiempo propicio para desentrañar realidades, un camino abierto por la propia poesía. Lo que el muchacho quiere dar a entender, es que el poeta salva la vida cuando de su pluma surge un verso. El muchacho escribe que los días son cumbres que no se levantan, como si el trastorno se dulcificara en la estructura de un verso. El muchacho lo ha escuchado de su terapeuta: «La poesía te ha salvado.» Como dice Miguel Casado, Shklovski piensa que el arte puede recuperar la vida, la realidad de la vida; aún más, esa sería su tarea: hacer de la piedra piedra[10]. Por eso este anuncio conlleva una forma diferente de mirar, la singularidad imperfecta sorprendida por los ojos más ignorantes, los de un niño. Shklovski habla de extrañamiento, un arte que tiene la palabra de devolvernos a la presencia. El trastorno está ahí, es verdad, y seguirá estando, pero a la luz de las palabras llena un nuevo espacio, lo que decíamos anteriormente: ya no somos los mismos, pero entendemos el proyecto que emerge de esa invención, que es la palabra.

«No es miedo: es certidumbre[11]»

El anuncio crea una certeza, ¿y cómo lo llamaría certeza si nadie la cree? Es que el anuncio quizá no crea certezas, sino dudas. No recorremos la forma, tan solo ideas. ¿Es posible que el profeta no anunciara? Palabras sin anuncio; en la medida de lo posible, que todo recuperara una armonía que no tiene, la imaginación del arte. Desde ahí, el planteamiento es infinito, un lugar donde nos encontrarnos a nosotros mismos. 

           



[1] El que menos sabe, Tomás Sánchez Santiago

[2] La frágil piel del mundo, Jean-Luc Nancy

[3] El que menos sabe, Tomás Sánchez Santiago

[4] Ibidem, p. 27

[5] La frágil piel del mundo, Jean-Luc Nancy

[6] La construcción del sentido imaginario, Fernando Yubero

[7] Definición de savia, Aníbal Núñez

[8] Ibidem, p. 7.

[9] La frágil piel del mundo, Jean-Luc Nancy

[10] La belleza de la escritura, Miguel Casado

[11] Definición de savia, Aníbal Núñez

La tragedia del proyecto

Entender que algo trágico es algo perfecto, algo a lo que no se le puede añadir ninguna cosa más, que está acabado. Cuando se logra atisbar un comienzo, lo imaginamos en un final. No tiene su aquél el hecho de la longitud recorrida, que hemos tardado un año en bosquejarla, y esto al ser humano le sobrepasa. Necesita generar un espacio para el diálogo al evocar la situación de abatimiento que conduce la pérdida de fe en él. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido para que seamos extraños a él? Reconducir es un espacio que necesitas. Mostrar a las claras la incertidumbre del ser humano, la apariencia ejercida por la manera en que desaparecemos. Y, por tanto, si huimos, huye el proyecto. Elogiar al que reconduce con una bolsa de nueces, nos posibilita un entramado en la vida. Es posible vivenciar lo que el proyecto proponía, esclarecerlo en base a una serie de adjetivos escritos con bolígrafos de distintos colores. El proyecto se mueve hacia la creatividad. Escribes el coloquio con tu psicoterapeuta en una servilleta de papel en un bar, mientras hablas con tu amigo de la posibilidad de emanciparte. Asomado a la ventana, eliges una idea que va a desaparecer, pero que quedará reflejada en una de las partes del proyecto. Imagina que ese proyecto se compusiera de fotografías que reflejaran el paso del tiempo. Y en la ventana la idea trata de alcanzar a la golondrina en un disparo perfecto con la cámara, y lo haces, y la idea se olvida. Si es fotografía analógica, relevarás el carrete un mes después, y volverá la idea transformada en un espacio de conciencia sobre lo que la vida ha traducido en ese momento. Si es digital, es difícil que mires de la misma forma la pantalla de la cámara, la imagen en el pc o la imagen impresa en papel después. ¿Estoy hablando de cosas superadas? Dice Stephen Shore que el fotógrafo, en medio del caos del mundo, elige una imagen y la fotografía. Analizando que el caos también está dentro del fotógrafo, ¿por qué tendemos a olvidar esa capacidad, la de desarrollar un espacio a través de la imaginación, construirlo de apariencias, y que dudar sea el eje desde donde se forma el proyecto?

          No eliges la situación de partida, y puede surgir de tantas cosas. A mí me ayuda la imaginación. Apagar la luz y visualizar lo que A. von Hildebrand llama unidad, entre la representación de la forma y la impresión óptica[1]. Ni siquiera eliges lo que imaginas, sino que aparece para rehacer con el simulacro una fotografía. Eso es lo que iba haciendo por la Ciudad Vieja de A Coruña, hasta que de una fuente surgió una poderosa mirada de unos pájaros que bebían. Eso está en tu fantasía después, adivinando cómo quedaría en el carrete la fotografía realizada. Ahora hay miedo porque tienes que emplear algo que no dominas, el revelado. Y surge la creencia de si es posible esa sensación, tener la sacudida de no querer revelar la imagen porque la fotografía no sería tan poderosa a como la viste con los ojos. En el recuerdo, imaginas una imagen, y con dotes de pintor la dibujas.


[1] A. von Hildebrand, El problema de la forma en la obra de arte, Ed. Visor, 1988.

Rocío Expósito, Asombro

  Viene a mis manos este bello libro de Rocío Expósito, Asombro, cuyo planteamiento se asemeja a la simplicidad de un paisaje sin formas, qu...